Sue Aguayo
  Sin tí no es posible, gracias
 
 
 
 
 
 
 
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Regresé a mi casa completamente deprimido y furioso, dejé las tortillas en la mesa y le dije a mi madre que nunca iba a volver a salir, mi madre preguntó el motivo, y se lo platiqué; no comentó nada, pero creo que a ella también se le revolvieron las emociones.

Me retiré a mi recámara, tres horas pasaron y mi mamá fue a hablar conmigo, me pidió que fuese a la tienda por un refresco y unas frituras, yo me negué rotundamente; ella solo me dijo: “Está bien, quizá ese niño hizo mal en burlarse de ti, pero no puedes dejar que lo que otros te digan detenga tu vida; mira, talvez ese chico llegó a su casa y le platicó a sus hermanos que te había visto, pero seguro en este momento ya ni se acuerda de ti y está feliz de la vida jugando; mientras tu llevas más de tres horas encerrado amargándote y sufriendo por algo que ya pasó; pero si insistes en quedarte encerrado y privarte de lo que tanto te gusta hacer, ir a la tienda, a la escuela, al parque, al cine o a jugar con tus amigos de la cuadra; está bien, tu te lo pierdes.

No pasaron más de cinco segundos, cuando ya estaba preguntándole que refresco iba a querer, -Sidral o Coca-;    sonrió porque sabía que habíamos derribado una barda más.

Y desde ese día no me han logrado meter a mi casa.

Mi adolescencia marchaba de lo más normal posible, me encontraba estudiando el primer año de secundaria, era noviembre de 1991, todo estaba de maravilla inclusive tenía novia; pero empecé a tener dificultades para ver con el ojo derecho, mi mamá me llevó al especialista y ahí nos dijeron que tenía desprendimiento de retina y que tenía que internarme de urgencias ya que podía quedar ciego.

Nuevamente la angustia, el dolor y el desconcierto se apoderaban de nosotros; cuatro cirugías durante un año dieron como resultado ceguera en el ojo derecho sumada a la ceguera del izquierdo.

Mi familia lloraba desconsolada, en ese instante me levanté y les pedí que dejaran de llorar, porque habían dicho los doctores que iba a quedar ciego, mas no que me iba a morir.

Sinceramente, creo que Dios me dio una fuerza especial, porque yo no sentía ningún dolor, quizá lo que tenía era un poco de incertidumbre acerca de a que me iba a dedicar, porque no sabíamos nada en cuanto a la rehabilitación para ciegos.

Este diagnóstico me fue dado el martes 29 de septiembre y junto con él, Dios me dio un regalo especial, yo no sabía absolutamente nada de música, y desde ese día inicié mi carrera musical; Dios me proveyó de un don maravilloso y por el cual le doy tantas gracias y nunca lo he de olvidar; aprendí a tocar el teclado solo, no tomé clases ni tuve maestros; fue hasta tres años después que estudié seis meses de música y esa es toda mi educación musical.

Muy pronto encontramos una escuela secundaria para ciegos, donde también rehabilitaban; entré muy entusiasmado por aprender, pero se me dificultaba el leer sistema braille ya que este se lee con los dedos y los míos no poseían buena sensibilidad, pero no me derroté y seguí.

Al siguiente ciclo escolar ya estaba inscrito en esa escuela y comencé una nueva etapa; en primero de secundaria tuve el segundo mejor promedio de la clase y desde segundo ya formaba parte de la escolta, era el capitán de órdenes; en tercero fui electo presidente de la sociedad de alumnos y a partir de ese momento me convertí en un líder.

Salí de la secundaria con grandes satisfacciones y aprendizajes.

El siguiente reto era estudiar la preparatoria en una escuela normal, estaba tan motivado, que me sentía capaz de lograr cualquier cosa, y así fue. Ingresé a una de las escuelas de educación media superior, más solicitadas, el Colegio de Ciencias y humanidades, me recibió con los brazos abiertos.

En esta etapa, viví experiencias enriquecedoras y aprendí la importancia de la responsabilidad, debido a que mientras cursaba el cuarto semestre; tuve la oportunidad de irme a vivir solo, yo quería experimentar, mi madre y toda mi familia contribuyeron para que yo lograra esa independencia; no fue fácil, porque muy pronto se me acabaría el dinero y aún no conseguía trabajo; pensé en regresar a la casa de mi madre, pero no pretendía volver derrotado, así que continué.

Antes de encontrar algún trabajo formal; me vi en situaciones muy complicadas, hubo días en que mi única comida era tres tacos de canasta, que compraba afuera del metro Taxqueña; fueron días de angustia, porque mi entorno emocional era bastante difícil; empecé a caer en fuertes momentos de tristeza  y más caí cuando al ya no tener nada de dinero, para pagar la renta, la luz, los pasajes para asistir a la escuela, ni para comer, al menos esos tres tacos al día; me fui al metro a cantar para poder tener dinero y comer, debido a que ya tenía dos días sin probar bocado; fue una experiencia muy fuerte, creo que en ese período fue uno de los más dolorosos en mi vida, fui víctima de la discriminación, recibí los insultos más crueles que nunca había recibido, lo realmente más doloroso es que provenían de una persona, que pensaba yo, me amaba.

Pero, Dios nuevamente me levantó y cuando creía todo perdido; me llamaron para trabajar; hubo luz en mi camino y fuerza para recorrerlo.

 

 
 
 
 
 
 
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