Historia
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¿Quién es Sue Aguayo?

     Quizá mucha gente me ubique, gracias al maravilloso trabajo de difusión que han hecho los medios de comunicación acerca de mi trayectoria; sin embargo, deseo compartir con ustedes un poco más acerca de quien es Sue Aguayo.

Iniciaré diciendo que soy un hombre muy feliz y que he aprendido a ver la vida de una manera diferente, haciendo de mis sueños mi realidad.

El domingo 2 de octubre de 1977, Dolores Aguayo Hernández, trajo a este mundo un ser destinado a la felicidad y al éxito; ella se encargaría de proporcionarle las herramientas necesarias para triunfar; le daría y enseñaría que el amor es lo más importante en la vida de cualquier ser humano. Compartió secretos invaluables, por ejemplo: “que la honestidad sea siempre tu carta de presentación; sé siempre un hombre de hechos, porque a las palabras se las lleva el viento; nunca te derrotes antes de intentar ganar; y lucha por tus metas hasta lograrlas y se feliz inclusive en los momentos más difíciles”.

Crecí en un círculo familiar muy pequeño, donde solo éramos mi madre y yo, pese a que en ocasiones ella se ausentaba un poco, por razones de trabajo, siempre estuvo al pendiente de mí, nunca me faltó algo, en lo económico hubo sencillez, pero lo indispensable ahí estuvo; sin embargo, fue en el plano emocional, donde me otorgó las mejores lecciones y quedarán por toda la vida guardadas en mi mente y corazón.

Mi niñez marchaba de la manera más natural, hasta el día en que mi mamá se percató que no veía bien con el ojo derecho y que al parecer el izquierdo no tenía visión; fue a la edad de cinco años cuando me llevó a una exploración oftalmológica, la que dio como resultado un diagnóstico un tanto negativo. Ceguera total en el ojo izquierdo y miopía severa en el derecho; a partir de ese instante mi caminar sería distinto, mas mi madre buscaría que mi infancia fuese de lo más normal.

El ver con un solo ojo y usar lentes, no me ocasionó mayor problema.

Iba en cuarto de primaria y practicaba karate, tenía diez años de edad, era realmente muy feliz, pero el 27 de diciembre de 1987, un acontecimiento con fatales consecuencias, convulsionó a toda mi familia; a partir de ese momento, mi vida cambiaría radicalmente.

Regresábamos de pasar navidad en Puebla, cuando fuimos embestidos y sacados de la autopista de manera intempestiva. Un autobús, fue el responsable de la dolorosa muerte de mi tía Mary, quien iba embarazada, y de mi primita Liananey de cuatro años; además, mi madre y yo sufrimos fuertes quemaduras en gran parte de nuestro cuerpo; dichas heridas nos tuvieron al borde de la muerte, por dos semanas, los médicos y el hospital en general no se explicaban como era que habíamos sobrevivido. Por supuesto que Dios ya tenía sus planes y era necesario que todo esto ocurriera.

Fueron meses y meses de cirugías, injertos, inyecciones, litros y litros de suero, iban y llegaban compañeros de habitación, no tengo la menor idea de cuantos litros de sangre me tuvieron que transfundir, pero fueron bastantes; fui presa fácil de la angustia, desesperación dolor y en ocasiones de la terrible depresión, pero nunca estuve solo, mi Señor Jesús me tomaba entre sus brazos y mitigaba mi dolor.

Fui dado de alta y cuando creí que todo había terminado, no era así; una fuerte y larga recuperación me esperaba, sin embargo, lo realmente complicado después del accidente, fue mi readaptación a la sociedad. Trago sumamente amargo.

Como explicarle a un niño de 11 años, el por qué, era rechazado, no solo por otros niños, sino también por adultos; miradas que lastimaban más que las mismas quemaduras.

No obstante, Dios en su infinita misericordia, me levantó de entre las cenizas, como al ave fénix; día con día curaba cualquier herida y me mostraba las cosas maravillosas que estaban a mi alrededor; durante todos, absolutamente todos los días, enviaba un ángel de luz y fuerza, gracias a ello hoy soy muy fuerte y feliz.

Retomé mis estudios, destacando en cada grado escolar; salí de la primaria con diploma de aprovechamiento debido a mis excelentes calificaciones; era muy popular tanto en la escuela como en la unidad habitacional, donde vivía, me seguían muchos niños en cada uno de los juegos.

Esto no hubiera sido posible sin la enorme ayuda de mi madre, ya que en una ocación, recién empezaba a salir después del accidente; mi mamá me envió a comprar tortillas, y mientras estaba formado en la fila, un niño de unos 8 o 9 años, se me quedó mirando de una manera muy fuerte y empezó a burlarse de mí y a señalarme gritando ¡un mounstro, un mounstro! fue un golpe brutal, que jamás había sentido.

 

 
 
 
 
 
 
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